CAZANDO CÓMO LOS PUMAS.

CAZANDO CÓMO LOS PUMAS - LOS CENTINELAS DEL AIRE UN ARBUSTO MÁS

CAZANDO CÓMO LOS PUMAS.

Lograr acercarse a menos de cien metros de un animal salvaje, a plena luz y sin reparos que permitan ocultarse es difícil (y en ocasiones resulta peligroso), pero con un poco de paciencia e ingenio se puedo lograrlo.

Sí otros animales con menor inteligencia logran hacerlo en forma cotidiana, ¿porqué no podríamos hacerlo nosotros?

Sí bien la fotografía no es de un axis, muestra claramente las dificultades que representa cazar animales en una de estas praderas, que son las mismas de los antílopes.

Temprano en aquella fría pero soleada mañana de invierno de la provincia de Buenos Aires me encontraba cazando dentro de un bosquecillo de eucaliptos, tratando de encontrar algún ciervo que se decidiese a donarme su carne con fines culinarios. En esos menesteres andaba cuando descubrí que los animales no se hallaban allí. El frío los había empujado al medio de una pradera dónde pastaban bajo el escaso calor del sol.

Sí bien no había tardado en dar con ellos, lo cual me alegró profundamente, el lugar dónde se encontraban presentaba un pequeño inconveniente; estaban pastando en medio de un potrero de unas 300 hectáreas, dentro de la cual los pastos más altos no pasaban de la mitad de mis piernas. Estimé que los animales estarían a unos 900 metros en línea recta del lugar dónde me encontraba oculto. El grupo, constituido por unas veinte cabezas de diferentes edades, pastaba tranquilamente, pero sin dejar de controlar su entorno en forma constante.

Por experiencia sabía que se mantendrían todo el día en el lugar, ya que no precisaban de la sombra de los árboles, y que solo buscarían de regresar al monte al atardecer, para guarecerse del frío dentro de él. Además, en medio de un descampado cómo ese se sienten perfectamente seguros. Saben que un predador difícilmente puede acercarse a los mismos sin ser visto.

Cómo sí la falta absoluta de reparo y un sol brillante en medio de un cielo sin nubes no fuese poco, enfrentaba dos serios problemas adicionales. Mis presas se encontraban completamente fuera de una distancia razonable de tiro, y el arma que portaba, una vieja carabina militar de caballería, aún con sus miras de hierro originales cómo todo aparato de puntería, no me permitiría disparar en forma efectiva a más de cien metros. Y para hacer carne el disparo debe de ser dirigido a la cabeza. Sí bien el arma es muy precisa, en lo que no podía confiar ya era en mi visión. Al inconveniente lo llaman presbicia.

El segundo problema era de solución más compleja aún. En esa pradera, cómo en casi todo el resto del territorio argentino, anidan unos pájaros denominados teros. Los mismos tienen la desagradable costumbre de sobrevolar en forma constante su territorio, y ante la más mínima indicación de peligro vuelan en círculos sobre el intruso, piando en forma ensordecedora y constante. De esa manera no sólo avisan a cuanto animal desee escucharlos de la existencia de un predador en el área, sino que además indican con precisión milimétrica la ubicación del mismo. Y por lo que he visto y sufrido en carne propia, los ciervos confían en estos aliados tanto o más que en su visión u olfato.

Ya podía entonces dar por descontado que esperarlos en el monte a que regresaran de la pradera no ocurriría a corto plazo, de manera que podía ir abandonando toda esperanza de tener una cacería cómoda y sencilla. Después de un rato de sopesar los factores a mi favor, que consistía en solamente una chaqueta camuflada, y aquellos en contra previamente mencionados, decidí jugarme una "patriada" e intentar el rececho. Mi única alternativa parecía radicar en el viejo y sagaz proverbio árabe. Sí la montaña no va a Mahoma, Mahoma tendrá que ir hasta la montaña.

Durante un buen rato estuve observándolos con los largavistas. Tenían "centinelas" orientados en todas las direcciones, de manera que tendría que esperar hasta que decidiesen hacer un alto en su actividad y recostarse a descansar. Al menos eso les haría más difícil descubrirme durante el rececho. Pero tampoco me hacía demasiadas ilusiones. Aún cuando el grupo descansa, siempre hay uno o dos individuos que se van turnando para vigilar de pie.

Hasta aquí había hecho un recuento de todos los factores en contra. Era hora de encontrar algunos a mi favor. Dicen que es difícil que el chancho chifle, pero más aún es que el chancho vuele. Aún así estaba dispuesto a intentarlo.

Entre los ciervos y mi posición existían algunas pequeñas ondulaciones de no más de un metro de altura, que me permitirían cubrir con mucho cuidado la mitad de camino. De allí en más, esto es 450 metros, todo era terreno liso cómo mesa de billar. Sin embargo contaba con dos factores a mi favor; el sol y el viento. Mi plan consistía en acercarme a los ciervos desde el Este, con el sol aún bajo y a mis espaldas, pegando directamente en los ojos de mis presas, haciéndole difícil a las mismas poder detectarme visualmente. En cuanto al viento tendría que dejarlo correr en forma transversal a la dirección de marcha. Eso tomaría cuenta de los centinelas, siempre y cuando me moviese muy despacio y sin caminar erguido.

LOS CENTINELAS DEL AIRE.

Pero aún así, mi problema seguía siendo cómo engañar a los pájaros. Dicen que la necesidad es madre de todos los ingenios, y ésta vez no fue excepción.

Sí bien la fotografía no corresponde a un tero, cualquier pájaro puede convertirse en un agudo centinela difícil de engañar.

Después de un largo y solitario cabildeo entre mi alma y yo, se me ocurrió cortar unas ramas de eucaliptos con muchas hojas y utilizarlas cómo escudo protector. Probé en varias formas de moverme con las mismas, pero se me hizo evidente que desplazarme agachado ó en cuatro patas mientras sostenía las ramas y el arma se haría difícil. Finalmente terminé colocando los tallos de las ramas alrededor de mi cintura, ajustándolas con el cinturón, de manera de poder sostenerlas firmemente y liberar así mis manos. Luego retiré el cordón de una de mis botines y lo pasé alrededor de mi pecho y por debajo de las axilas, ajustando levemente las ramas contra mi cuerpo para que se cayesen, corriendo el peligro de dejarme prácticamente cómo vine al mundo frente a tantos ciervos.

La idea resultó tan buena que continué cortando más ramas y agregándolas alrededor de mi cintura, hasta que finalmente quedé satisfecho con el ingenio. Realmente lucía como una planta de eucaliptos enana. No solamente cubría mi pecho; también lo hacía con mis espaldas y mi cabeza, desfigurando totalmente mi contorno. En definitiva había logrado disfrazarme de árbol, lo cual, debo de reconocer, no es una idea para enorgullecerse, y tampoco hija de mi intelecto, cómo creí en ese momento.

Sin embargo los árboles no caminan, de manera que aún quedaba por resolver el problema del desplazamiento.

Caminar erguido no era una opción. Rápidamente obtendría la atención de todo el grupo sobre mi persona, más la de los pájaros. Podría avanzar en cuclillas, pero de sólo pensar en el esfuerzo que me tomaría deseché la idea. Luego probé de desplazarme unos metros en cuatro patas. Mala idea. Los árboles normalmente crecen en forma vertical con respecto a la superficie de la tierra, y no horizontalmente a la misma. Además de ser incómodo y muy lento, me exigía un enorme esfuerzo para mantener la cabeza erguida cada vez que deseaba mirar hacia delante para no perder el rumbo y de vista a los animales. Esto último me resultaría esencial sí deseaba moverme solamente cuando no me estuviesen observando.

Estuve un rato largo sentado sobre la tierra, disfrazado de mata y con el arma cruzada sobre mis piernas. Supongo que mi imagen dejaría bastante que desear, por decir algo. Perplejo por la situación y mientras me rascaba la cabeza cómo hacen los simios cuando no saben que hacer, la solución vino a mi rescate de forma simple.

¿Porqué no avanzar sentado cómo estaba en ese momento, mirando hacia los animales, con el arma cruzada sobre las piernas, impulsándome hacia delante con las palmas de las manos y los talones? Obviamente la técnica me otorgaba muchas ventajas. No perdería de vista a mi objetivo en ningún momento, resultando además ésta la forma más simple de desplazarme y de transportar el arma. Por último mi figura no sobresaldría más de un metro de la superficie y podría pasar fácilmente por un arbusto. Sumado a todas estas ventajas, pensé que el movimiento natural de las hojas y las ramas cubrirían mis propios movimientos, dándole al conjunto una apariencia natural y extremadamente inofensiva.

Realicé unas pequeñas pruebas, y sintiéndome cómo el equivalente de Einstein de la caza moderna, inicié el rececho. En realidad me sentía cómo sí acabara de inventar la pólvora. Años más tarde, y cómo un rudo golpe a mi ego, vería la técnica descripta en una revista de caza africana. En la misma mencionaban que el truco era muy antiguo, aunque en desuso debido a la comodidad a la cual estamos acostumbrados los cazadores actuales. Ahora que lo pienso, estoy seguro que nuestros antepasados se les debe haber ocurrido algo similar ya antes de inventar el arco. Tardé años en recuperarme de la decepción y profundo sentimiento de fracaso que el artículo me produjo.

La primera parte del camino la realicé caminando agachado, lentamente y manteniéndome oculto gracias la ayuda de las pequeñas ondulaciones en el terreno. Un metro menos de sufrimiento es un dolor menos, y no conozco a nadie que, sí puede evitarlo, sea capaz de abandonar voluntariamente la bipedestación cómo medio de transporte. Reconozco que tampoco en eso me diferencio de los demás colegas. Mi pereza y el poco afecto al trabajo muscular exhaustivo es proverbial. Lamentablemente la tregua duró poco. Los primeros pájaros aparecieron piando a poco de iniciar el recorrido, dando así inicio a la primera prueba que soportaría mi disfraz. Me senté lentamente y me mantuve inmóvil, mientras pedía a San Huberto su ayuda y misericordia. Sí lograba pasar el examen de esos odiosos animales tendría una oportunidad.

UN ARBUSTO MÁS.

Una pareja de teros comenzó a sobrevolarme en círculos, pero en ningún momento rompieron con sus chillidos.

Sí bien no estaban totalmente convencidos de que era "eso", después de disecarme visualmente durante unos minutos volvieron a posarse en tierra. ¡Había pasado el primer examen!

La fotografía corresponde a otra cacería, en la misma zona, pero con un poco más de matas. En medio del círculo se halla el cazador camuflado con hojas. De no estar encuadrado es probable que el lector no notase su presencia.

Estos episodios de observación aérea se repitieron a lo largo de mi trayecto, afortunadamente siempre con los mismos resultados. Cada vez que en mi lento avance ingresaba en el territorio de una pareja de pájaros debía soportar sus inspecciones oculares. Al cabo de un tiempo parecieron acostumbrarse a la presencia de ese "arbusto", y dejaron de prestarme atención. Aún me quedaban unos 350 metros más para recorrer, lo cual estimé me llevaría más de una hora y media. Pensé que en una carrera de caracoles, a ese paso saldría último cómodamente.

Los ciervos pastan formando círculos, desplazándose cada tanto en busca de brotes tiernos. Y estos, desafortunadamente para mí, no consistían en la excepción que confirma la regla. Cada tanto se desplazaban, y por supuesto lo hacían alejándose de mí, de manera que no me facilitaban las cosas. Sin embargo poco a poco puede ir cerrando la brecha, hasta ubicarme a unos cien metros de los mismos. En ese momento uno de ellos clavó la vista en el extraño arbusto y pareció desconfiar. Era tiempo de sufrir el primer escrutinio por parte de mis presas, verdaderos maestros en el arte de sobrevivir emboscadas y persecuciones. En ese punto estaba por descubrir sí lograría engañarlos.

La posición de atención de uno de estos animales es suficiente para "congelar" al grupo entero, de manera que en cuestión de segundos tenía veinte pares de ojos observándome. Sin embargo mi inmovilidad, la forma de esa "planta" que no concordaba con la de un humano ó la de ningún otro predador, y el silencio de los teros terminaron por engañarlo. El vigía no golpeó con su mano en la tierra, cómo hacen cuando desean indicar peligro, y todos retomamos felizmente a nuestras respectivas actividades.

Descubrir cómo lograr engañar a veinte ciervos y sus pájaros guardianes bajo sus propias narices a pleno sol representó para mi uno de los logros deportivos e intelectuales que más atesoro en mi vida (a veces es increíble con cuan poco se conforma el ser humano).

El sentimiento de euforia y poder que produce la descarga de adrenalina bajo estas circunstancias debe de ser similar al que experimenta el jugador empedernido cuando apuesta su última esperanza. Jamás en mi vida había sentido algo semejante. Lamentablemente una vez que se ha probado ésta forma de cazar, sólo se logra revivir esa sensación repitiendo la apuesta, o duplicándola, haciendo que las otras formas de cacería se tornen lentas y aburridas, terminando uno por convertirse en un adicto sin cura ni esperanza.

De a poco continué acortando distancias, y a unos noventa metros decidí comenzar a seleccionar mi blanco con ayuda de los binoculares. Tenía que encontrar una hembra "seca", sin cría al pie, de manera no dejar un animal inmaduro para sobrevivir sin su madre. Finalmente individualicé a dos ciervas que parecían cumplir con mi requisito. La más cercana se convirtió en mi blanco de oportunidad.

Pero aún me quedaba un problema más para resolver. Levantar el arma hasta la posición de disparo sin que el movimiento generase una estampida. Muy lentamente comencé con el proceso, pero algo debe de haber llamado la atención de mi presa. De repente se paró tensa, en posición que denotaba su desconfianza, enfocando su vista y orejas en mi dirección. Y su desconfianza debía de ser mucha, ya que al no poder reconocerme dio unos pasos en mi dirección.

Lentamente cambié el binocular por el arma. Poco después tenía encuadrado su pecho en la mira, y sentado con el arma firmemente apoyada sobre mi rodilla derecha sólo debía terminar de oprimir el disparador. Sin embargo decidí esperar. Quería ver que hacía el animal y cuanto escrutinio podría resistir mi disfraz. La cierva se hallaba quieta, con una de sus manos encogida y lista para golpear la tierra. En el momento en que lo hiciese dispararía.

Pero no lo hizo y se adelantó unos pasos, aunque ya más tranquila, pero sin perder la curiosidad. La euforia que en ese momento me volvió a invadir crecía con cada segundo que pasaba. Pero a los ochenta metros la cierva pareció convencerse de que el "arbusto" era lo que parecía ser y perdió todo interés en mí.

En el momento en que agachó su cabeza para arrancar un bocado de pasto disparé a la unión del cuello con el occipital. Sabía que de esa manera corría el riesgo de arruinar parte de la carne del cuello, pero no tenía otra alternativa. Mis nervios ya no daban cómo para esperar a que volviese a levantar su cabeza y ofrecerme su pecho. La cierva se desplomó sin un quejido, con su columna fracturada.

Lo que ocurrió después me sorprendió aún más. Los demás animales se pusieron extremadamente nerviosos, dando pequeñas carreras de un lado hacia otro y mirando a su alrededor, intentando descubrir que había sido todo ese alboroto. La cierva líder no podía determinar sí existía algún peligro inminente y sí así era dónde estaba localizado el mismo, de manera que no supo hacia adónde correr y terminó por quedarse dónde estaba. Al no poder determinar el origen del ruido, y no ver ningún movimiento sospechoso, los demás ciervos se calmaron, y a los pocos minutos estaban comiendo nuevamente.

Estuve sentado inmóvil durante casi una hora, observándolos mientras pastaban alejándose tranquilamente de mí. No quería enseñarles el truco y educarlos al respecto. Pero no fue una hora perdida. Durante la misma gocé de la sensación de haber descubierto algo que funcionaba bien, que me tornaba en un ser invisible, con todo el poder que ello significa.

Durante la espera analicé cada uno de los aspectos de lo que había hecho, y las reacciones de los animales cada vez que sospecharon de algo. Ese día aprendí más sobre el comportamiento de los ciervos y de cómo funciona el camuflaje que en los 20 años anteriores. Incluso estuve tentado de abatir a la segunda hembra seca, pero me abstuve de hacerlo. A 70 kilos por animal entre carne deshuesada y cuero me pasaría el resto del día desollando y transportando el producto de mi "hazaña".

Para probar más aún mi suerte, y ver que sucedía, encendí cuidadosamente un cigarrillo. Pensé que sí los animales venteaban el humo se alejarían, lo cual deseaba pues comenzaba a cansarme de estar inmóvil. Pero no fue así. El viento continuaba a mi favor. Realmente me hubiese gustado poder observar cómo reaccionarían ante el humo del cigarrillo pero sin humano al cual asociar.

Cuando los ciervos se perdieron en el horizonte me desembaracé de mi camuflaje, y sacando de mi mochila la bota y el almuerzo me senté a comer. Luego, cuchillo en mano y contando los pasos caminé hacia mi presa. La distancia era de 120 pasos, un poco más de ochenta metros. La fiesta había terminado y era hora de ponerse a trabajar. Es que estaba solo, sin secretarios ni caballería, y a falta de ellos u otros medios de transporte tendría que desollar, carnear y cargar con todo por mi cuenta.

Me tomó el resto del día y tres viajes para completar la tarea, pero al final de la jornada había asentado el par para la cancha; más de tres emocionantes horas para recorrer con éxito 900 metros en la más difícil cancha de rececho que conozco.

Ud. se preguntará ahora que relación existe entre ésta historia y la forma en que cazan los pumas. Pues en lugares abiertos y carentes de reparo para ocultar su avance, lo hacen con el viento en contra y el sol de frente a sus presas. Y son tan buenos en sus recechos que fallan sólo en el 80% de los intentos, aún ante animales del tamaño y la velocidad de un ciervo o de un potrillo. El ataque frontal y abierto, o carrera final, sólo es iniciado cuando la víctima ya no tiene posibilidades alguna de frustrarlo, ¡y eso ocurre cuando ambos animales están a menos de 15 metros de distancia entre sí!


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