¿Qué está mal con la caza mayor?

El artículo analiza los conceptos actuales de trofeo y la incidencia negativa que sobre ello han tenido instituciones como el Consejo de Caza en Europa o el Safari Club Internacional en los Estados Unidos, y la probable relación entre estas entidades y el desprestigio que sufrimos los cazadores a manos de los pseudo ecologistas. Texto y fotografías por Daniel Stilmann.

¿Qué está mal con la caza mayor?

Texto y fotgrafías por Daniel Stilmann.

Una mirada profunda a nuestros propios errores.

La caza comenzó siendo una actividad imperiosa para la especie humana. En realidad ésta era la única forma de satisfacer una necesidad vital del grupo: alimentarse.

Y nuestra necesidad por comer no fue programada para que comiésemos cualquier cosa o por el sólo hecho de mantenernos con la panza llena y el corazón contento. No señor, se nos creó como omnívoros generalistas, básicamente carniceros, con el fin ulterior de mantener un cierto equilibrio ecológico. Y es gracias a esa particularidad, nuestro insaciable deseo por ingerir carne, que nuestro cerebro ha evolucionado, lo cual también formaba, y aún forma, parte del plan maestro. Intentar convertirnos en vegetarianos es lo mismo que querer reducir a la humanidad al subdesarrollo cerebral. Sin proteínas no hay cerebro.

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Nótese que he dicho proteínas, y no proteínas provenientes del reino animal y o vegetal. La aclaración es como para que nadie malentienda estas palabras y salga con la peregrina idea de que la soja tiene las proteínas que necesitábamos y que por lo tanto podríamos ser vegetarianos.

Como para cortar el tema de raíz, recuerde que hace no más de 50 años la dichosa plantita era más escasa que gallinas con dientes, de modo que nuestra evolución jamás se hubiese completado de haber dependida de la misma para ello. Hace 120.000 años la soja probablemente no existía para el ser humano, y de haber existido no la había en cantidades suficientes como para alimentarnos, mientras que los ciervos, cerdos y aves abundaban por doquier.

De modo tal quelo que leyó más asrriba configura la repuesta correcta para aquellos que con tal de impedirnos cazar pretenden que ingiramos hamburguesas de soja.

Somos predadores por necesidad, no por elección.

Es más. Nos guste o no, somos predadores por necesidad y no por elección. Estamos diseñados de tal manera que la ingesta de proteínas de origen animal es crucial para nosotros.

Sin ellas nuestro cerebro no hubiese tenido el sustrato necesario para crecer y funcionar de la manera en que lo hace. Pero además de esto y entre otras cosas, la ausencia de proteínas en la dieta produce la atrofia muscular, la caída del sistema inmunológico, bla, bla, bla, de modo que esto de parar de comer proteínas es una quimera para los humanos, una quimera. ¿O es que nunca vio la fotografía de un niño desnutrido con su enorme abdomen? Eso mi amigo, y nos guste o no, ocurre por falta de proteínas de origen animal.

Sin embargo en el presente no nos resulta necesario salir a cazar para cubrir ésta necesidad, aunque continuamos haciéndolo. ¿Los motivos para ello? Por que simplemente nos gusta, y como explicación eso debería bastarle a quien pregunte.

Pero sí alguien insiste en conocer los porque de ese simple “porque me gusta”, la respuesta correcta es por que el instinto cazador viene ya determinado en nuestra plantilla genética. Punto. Quien nos haya creado tenía muy en claro nuestro papel de predador y la importancia del mismo, y para asegurarse de que nos desviaríamos del camino simplemente lo dibujó a fuego en esa plantilla. De la misma forma que un gato ve un ratón y enloquece, yo veo un ciervo y tengo que salir a cazar. Y no creo que, pregunte quien pregunte, pueda ponerse a la altura de nuestro diseñador y criticarlo. Eso sería soberbia pura.

Sin embargo, y a pesar de los argumentos enunciados, continuamos siendo el blanco de aquellos que están en contra de la cacería, y lo triste de esto es que parte de la responsabilidad por ésta actitud es nuestra. Hasta podría decirse que algunos de entre nuestras filas ceden munición al enemigo para que nos bombardee a placer. Lamentable, pero ¿cómo sucedió?

La historia.

Al dejar la caza de ser una actividad elemental para nuestra supervivencia, los motivos por los cuales cazábamos comenzaron a diferir. Ya no se mataba lo primero que se podía para llenar la olla, si no que comenzamos a escoger.

No sé cuando ni quien comenzó con la manía de medir trofeos y cómo o porqué empezamos a suponer que más grande era mejor o de mayor valor cinegético. Evidentemente equivocamos el rumbo en algún lado en los últimos años, y así estamos como estamos.

¿De dónde hemos sacado ésta estúpida idea de que un león de dos años, al cual hemos abatido de un disparo a 10 metros de distancia y en medio de su carga tiene menos valor que otro de diez, con su enorme melena, al cual se derrumbó en un juego de tiro al blanco, desde la seguridad de un vehículo, a doscientos pasos distancia y con un arma de alto poder?

¿Que quiero decir con esto? Parecería ser que hoy en día todo el mundo que sale a cazar, incluso aquellos que lo hacen por primera vez en su vida, tiene la obligación de volver a casa con un trofeo de no menos de tantas puntas, puntos, centímetros o color de melena, ya que de lo contrario puede ser blanco de las mofas de los otros “cazadores”.

¿Cómo y por que hemos llegado a esto? La creación de agrupaciones o clubes de cazadores que se dedican a promover en cenas anuales estas competencias de medidas, con el seudo prestigio que ello envuelve, ha generado las bases para un negocio que poco tiene que ver con la caza (al menos como yo la entiendo)

Esto ha llevado a una especie de competencia colectiva, incluso fomentada inocentemente por las revistas especializadas, en la que uno no puede ser menos que fulanito, que cazó un ciervo de 20 puntas, con lo cual se siente obligado a abatir otro de 21 o más excrecencias.

Los super “cazadores”.

Así es como tenemos que señores que a lo sumo dedican tres días al año al deporte de la caza, pero que suelen presentar al final de dicho período, alegremente y sin vergüenza alguna, no menos de tres trofeos obtenidos en otros tantos lugares del planeta, todos muy apartados entre sí, y nadie sabe como logran recorrer tanto mundo en tan poco tiempo, y lo que es peor aún, cómo hacen estos caballeros para obtener semejantes trofeos, que al mejor de los cazadores podrían llevarle una vida cada uno.

Pero no hace falta ser un cazador para llegar a la triste conclusión de que muchos de esos trofeos no son más que animales criados en corrales, destinados desde el mismo día de su nacimiento a ser vendidos como “trofeos” a algún “cazador”.

Y tampoco se requiere de mucha sagacidad para deducir cual es el uso de los alambrados de tipo “olímpico” que rodean a los encierros. Pero lo más grave de todo esto no son esos dos hechos, o la munición que damos a nuestros detractores con estas actitudes. Después de todo uno puede prescindir de eso clubes y alambradas, y en última instancia ignorar a los detractores.

Los efectos nocivos.

Lo más lamentable es como estamos desanimando a nuestra juventud a convertirse en cazadores. ¿Qué joven se atreverá a tomar la caza como su deporte favorito estando bajo la creencia de que solamente los “trofeos” cuentan, y cualquier cosa más humilde es despreciable? ¿Cómo hacer, se preguntan, para obtener esos trofeos que sólo se consiguen con una buena tarjeta de crédito?

Peor aún. Hace ya mucho tiempo que habíamos logrado garantizar la caza para todos, para luego tornarla tan cara y competitiva que solos estamos raleando nuestras filas.

Este asunto de las medallas de oro, los puntos de medición, y las cenas de gala para condecorar “cazadores” como a generales triunfantes se nos está yendo un poco de las manos y con ello no sólo proveemos la munición ideal a nuestros enemigos, además descorazonamos a los jóvenes y encarecemos inútilmente nuestro deporte. ¿Es que hemos perdido a razón?

Sin embargo parece haber luz al final del túnel. El resurgimiento del rececho como técnica de caza no se debe solamente al abandono del agro por parte de una sociedad industrializada. Esa vuelta a la forma más ardua de cazar, y la que menos recompensas otorga, se encuentra fogoneada por el rechazo que muchos sienten contra el circo en que hemos convertido a la cacería.

Cada vez hay más cazadores, novatos o veteranos, que buscan la soledad del lance mano a mano, concientes de que pueden tener que retornar si nada que mostrar a sus pares, pero contentos con haber vivido la cacería dentro de las reglas de ética y honor que debe de tener.

Cada vez los avisos comerciales de “cacería garantida” son más mal vistos, y la pregunta sobre sí la cacería se desarrolla dentro o fuera de alambrados se torna más frecuente.

La nueva clasificación para los trofeos.

Para corregir estos errores mal no vendría que los mismos clubes que promovieron esas desenfrenadas carreras por trofeos de ahora en más distingan a los mismos en dos categorías; obtenidos dentro o fuera de alambradas y cercos. Es más, para el primer grupo, el de los animales “cazados” dentro de corrales, hasta podrían permitir a su dueño añadir junto al trofeo la tarjeta de crédito con la cual lo pagó, y remedando a aquellos que mencionan el peso de la munición empelada, colocar el precio y moneda en que se pagó.

De ésta manera cada uno podría ostentar aquello que más le guste, y todos estaríamos seguro que al momento de comparar lo hacemos entere, y n manzanas con bananas, y cada cual dentro de la categoría que se merece, ya sea cazador de ley o de corral.


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