EL CAZADOR ACTUAL

El artículo analiza los cambios sufridos en la población de cazadores con respecto al pasado. ¿Nuestros números han decrecido, o muy por el contrario, se encuentran en franca expansión?

Junto con las autoridades competentes, una de las preguntas más frecuente que nos formulamos los cazadores se encuentra relacionada con el censo actual de nuestra comunidad.

Texto y fotografías por Daniel Stilmann y colaboradores.

A nosotros nos interesan esas cifras para poder comparar con el pasado y saber hacia adonde vamos como grupo, mientras que el interes de las autoridades reside en obtener una proyección razonable de fondos a su disposición (invariablemente provenientes de nuestros bolsillos), para el manejo y protección de la fauna (y que además sirven para pagar los sueldos de tan “necesarios” funcionarios), de modo tal que esa fauna pueda ser usufructuada tanto por los cazadores como los no cazadores.

¿Quien paga los costos de mantenimiento de la fauna?

En este punto, y como para recordarles a nuestros detractores, es importante recalcar que somos los cazadores la única fuente confiable para el aporte de fondos dedicados al mantenimiento de la fauna, ya que los “eKologistas y compañía” son buenos de la boca para afuera, pero muy durillos en cuanto a abrir la bolsa se refiera.

UD dirá, ¿a que viene tanto interes por las estadísticas? El concepto que muchos de nuestros enemigos esgrimen, es que los adeptos a la caza se encuentran en descenso (o al menos eso es lo que ellos alegan), algo con lo que no estoy de acuerdo, ya que existen ciertos indicadores que podrían estar mostrándonos exactamente lo opuesto.

Demostrar este incremento en nuestra población es importante tanto para nosotros como para las autoridades. Para nosotros, como una forma de tomar conciencia del peso de nuestros aportes y de la real dimensión de nuestra comunidad, mientras que para el gobierno conocer nuestra población es una buena forma de recordarles que de continuar avanzando con prohibiciones y reglas intolerantes y carente de sentido significa una disminución en sus entradas, que seguramente el resto de la sociedad se negara a compensar. Algo aterrorizador, impensable y totalmente “off limits” para una serie de parásitos que viven a nuestras expensas.

Los cazadores en números.

Sabemos que en aquellos países donde se realizan censos confiables, la cantidad de cazadores varia entre el 1,5 y el 4% de la población, dependiendo esas cifras de factores sociales, económicos y geopolíticos tales como los patrones de distribución humana entre el agro y la ciudad, grado de desarrollo y tipo de actividad productiva del país en cuestión (país de servicios o altamente tecnológico versus país productor de materias primas), y de hasta de que tan bien sean llevadas a cabos esas estadísticas, o como son interpretadas. Pero, sea como sea, esas dos son las cifras extremas y parecen bastante coherentes.

Para darnos una idea, Finlandia esta considerado como el país con más cazadores en el mundo (entre aquellos que están censados), superando el 4%, mientras que los Estados Unidos presentan valores entre el 2 y 3%, lo cual es muy similar al del resto de Europa. Lamentablemente se carece de estadísticas de las naciones restantes, pero no seria muy descabellado pensar que esas cifras pueden ser similares o ligeramente mayores, particularmente en aquellos países subdesarrollados y pobres, donde la caza y la pesca representa un importante porcentaje de la ingesta proteica diaria.

¿Somos más o hemos perdido adeptos?

La pregunta que uno debe formularse para comenzar a desenrollar la madeja es, ¿proporcionalmente existían más cazadores en el pasado que en la actualidad?

Probablemente fuese así, dado que la mayor parte de la población habitaba zonas rurales, y del hecho de que la alimentación humana dependía hasta el pasado cercano más de la caza, la pesca y la recolección que de la facilidad de los supermercados actuales. Esta situación debe de haber influenciado sobre las estadísticas de esos tiempos, sí es que existieron. De haber sido así, los cifras totales del censo de cazadores estarían, sin duda alguna, dominadas por ese hecho (la necesidad de auto abastecerse), mas que por el amor a la caza.

De manera que la primer consideración a tener en cuenta es que si el número de cazadores ha decrecido, es por que probablemente en el pasado se contabilizaba dentro del grupo de cazadores tanto a aquellos que practicaban la caza deportivamente como aquellos que lo hacían para poder comer. Sin embargo es mas razonable pensar que en el pasado la cantidad de cazadores deportivos haya sido muy similar a la actual, ya que el instinto de predador es algo impreso en nuestra plantilla genética desde el principio de los tiempos, y eso NO va a cambiar por el mero hecho de que ahora dispongamos de tarjetas de crédito para emplear en lugares denominados supermercados.

¿Quiénes nos abandonaron?

Por lo tanto, si es que nuestras filas han realmente disminuido, lo miembros que hemos perdido son solamente aquellos que consideraban a la caza como un trabajo meramente necesario para sobrevivir, no como un deporte.

Pero si bien proporcionalmente con respecto a los números del pasado nuestra población puede haber decrecido, la cantidad total de cazadores va en aumento, acompañando al crecimiento de la población mundial, y es este crecimiento global el que explicaría el aumento sostenido en las cantidades de dinero que se factura y recauda en concepto de cacerías, licencias y aranceles profesionales por servicios relacionados con la caza y la pesca deportiva. ¡Ah, en que mundo vivimos, que para satisfacer nuestra afición por la caza hemos llegada al punto de tener que pagar!

El aumento de cazadores, sumado a las facilidades de transporte y la bonanza económica mundial es el motivo que determina la apertura en forma constante de nuevos destinos cinegéticos, como es el caso de Argentina, Nueva Zelanda y Australia, los cuales poco a poco están comenzando a competir con la incomparable África.

Las cifras agoreras.

Dejando de lado estos hechos, hay un punto que debemos de analizar con detenimiento, ya que nos atañe en forma directa, y que podría explicar estos números aparentemente decrecientes. Pero para hacerlo uno debe antes preguntarse de dónde provienen las cifras agoreras.

Parte de las estadísticas que manejamos salen de aquellas que nos facilitan las grandes asociaciones, clubes o consejos de “cazadores”.

Entre algunas de estas, particularmente entre las más rimbombantes y con mayor “prestigio social” existe la creencia de que sus filas están declinando, o que las mismas no crecen de acuerdo a lo esperado según sus proyecciones, por lo que asumen automáticamente que es la cantidad mundial de cazadores la que está disminuyendo. Claramente no me refiero aquí a las sanas y tradicionales asociaciones de caza regionales o vecinales, si no a las “otras”.

Sin embargo, y como se mencionó antes, las cifras por ingresos en concepto de licencias de caza, pagos a cotos privados, etc, continua en aumento, con ligeras variaciones periódicas que pueden deberse a motivos varios (políticos, factores climáticos, tipo de cambio)

¿Cómo se explica ésta manifiesta contradicción?

Es probable que lo único que probablemente se encuentre en descenso sea solamente las membresías de esas instituciones, y no el número global de cazadores.

¿Alguien tiene idea de el por que de esto? Esas asociaciones, existentes a ambos lados del Atlántico, con sus grandes banquetes y cenas de gala en honor a sus miembros, que en general se dedican mas a hacer sociales que a cazar, respondían a conceptos y necesidades del pasado, y con el tiempo su rol paso a ser el de un gran centro donde dedicarse a las relaciones publicas y a concretar negocios, mas que el de un verdadero club cinegético.

Pronto el verdadero espíritu de la caza se vio desvirtuado y dejado de lado por un aluvión de medallas de oro,, cenas de gala y mil fantochadas más, donde el olor a pólvora y el humo del campamento son mirados con desden, sí es que se conocen.

Como todo fenómeno social estas asociaciones alcanzaron en los años 90 el punto culminante en su carrera, para luego comenzar a decrecer, junto con el desengaño que los verdaderos cazadores comenzaron a sentir por las mismas.

Los shows de “cazadores” y las fiestas de entrega de premios.

Cuando en una cena anual de entrega de premios y medallas solamente se presentan “trofeos” que claramente provienen de corrales y que en vida esos animales respondían a nombres puestos por sus criadores (animales domesticados por los cuales se pagan verdaderas fortunas para “cazarlos”), se pierde el espíritu de la caza, junto con sus reglas de honor y códigos de ética, algo que muchos de nosotros no estamos dispuestos a tolerar o avalar.

En un mundo cada vez mas vertiginoso y falto de ética, las verdaderas asociaciones de caza son para muchos una forma de mantener nuestras tradiciones más caras, que además nos permiten movernos en un ambiente de pares, que acepta y se rige por antiguos códigos de conducta, uno de las cuales es no aceptar coleccionistas de “trofeos” escogidos por adelantado, a la distancia y pagados con una tarjeta de crédito, como quien concreta una mera transacción comercial más.

No es difícil de comprender entonces por que esas grandes asociaciones se quejan por la deserción de sus asociados, lo cual, y dadas las circunstancias, puede considerarse como una consecuencia lógica, siendo de desear que ésta tendencia depuradora se mantenga.

Una cuestión de ética.

Se preguntará UD, ¿por qué un cuestionamiento tan severo? Dado que ciertas actividades promovidas por estas instituciones suele ser material empleado por nuestros detractores para criticarnos a sus anchas, y que a al menos a mi criterio muchas de estas sociedades no alcanzan a respetar las códigos más elementales de la ética del cazador, no alcanzo a ver la necesidad de permitir que estas personas continúen dañándonos. No es nada personal, pero así como muchos defienden a muerte los colores de su club, yo defiendo con igual tesón el honor y la ética de a gran comunidad internacional que somos los cazadores, pertenezcamos o no a un club.


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