EL JABALÍ DEL SALITRAL

Narra la espera, el disparo y la búsqueda, al comienzo infructuosa de un jabalí solitario.

EL JABALÍ DEL SALITRAL

Texto y fotografías por Cacho Cuchi.

Hacía ya más de dos horas que el sol, con un rojo sangre, había caído tras el horizonte. Y con él, el calor y la luz resplandeciente.

Ahora, como en un inmenso escenario que abarcara todo el paisaje, la luna sentaba su imperio, dando el embrujo necesario para hacer volar la fantasía y la imaginación.

El frío, aliado inevitable y molesto de la noche, denunciaba su presencia en todo mi cuerpo, haciendo que los dientes se entrechocaran en un imparable bailoteo. Una suave brisa me daba en la nuca, llevando todos los olores hacia el salitral que tenía enfrente, y que formaba un inmenso lago de casi tres kilómetros de ancho.

La posición en la que estaba era sumamente incómoda. Pero era la única que el árbol me permitía.

Las huellas del padrillo de jabalí eran claras: Su itinerario habitual lo llevaba desde el monte que tenía a mi espalda, hasta el salitral, previo paso por la surgente para calmar su sed y revolcarse en el barro que ésta formaba, y que justamente estaba allí, al pie del árbol en cuyas ramas, a unos dos metros y medio de altura, yo lo esperaba.

Nunca me gustó cazar fuera del nivel en que se mueven los animales. Una, porque quita emoción al eliminar el peligro de un fortuito ataque, que si bien es muy improbable, no es imposible; y otra porque siempre en un árbol, salvo que uno se construya una verdadera “machán” se está más expuesto a las incomodidades y al frío.

Pero ese día no tuve tiempo a elecciones: Llegué tarde al lugar, y tal como estaba el viento reinante, si quería hacer un pozo tendría que cavar casi a la orilla del salitral, cosa que de por sí aseguraba humedad abundante y quizá directamente agua a pocos centímetros de profundidad.

La única opción era, pues, apostarse sobre el árbol. Y eso fue lo que hice.

LA ESPERA

Al poco tiempo ya comencé a sentir los típicos dolores por mala postura, por lo que no podía dejar de hacer movimientos de acomodo cada pocos minutos. Primero apoyaba un pie, después, cuando sobrevenía el dolor, apoyaba el otro, en lapsos cada vez más cortos.

Me dí cuenta cabalmente que así no duraría mucho mi vigilancia.. Además, como era un monumento al desequilibrio, bastaría una pequeña cabeceada de sueño para caerme del árbol.

Créanme que antes de hacerlo, me invadió una cierta vergüenza. Pero dejando de lado todo prejuicio, y en el mayor de los silencios, me las ingenié para atarme por debajo de las axilas un hilo sisal, cuyas puntas até al tronco principal. Si caía, y aunque el hilo aunque resistente seguro se cortaría, me permitiría caer parado y me daría tiempo a despertarme.

Tenía tan cerca el lugar de paso de la bestia, que bastaba mirar de soslayo para estremecerme. Allí, casi al alcance de mis manos, a tan sólo tres o cuatro metros, llegaría el jabalí!!!

Pensaba que podría mirarlo y admirarlo, en toda su fortaleza, en todo su salvajismo. Bastaría levantar levemente el rifle para apuntar. Esa posibilidad, cierta, recreaba en mí las mil emociones de las cacerías: El encanto de los preparativos, el viaje en sí, la belleza del campo virgen, y ahora como eclosión final, la embriaguez del encuentro tan esperado. Ese mano a mano con el fiero animal, la decisión final del disparo, y con su estampido en el silencio de la noche, la invasión de emociones encontradas que supone el convertirse en un artífice de la muerte en este eterno drama de la vida.

Conceptualmente es muy difícil de apreciar para el que nunca tuvo una experiencia semejante. Pero más de uno de los que lean ésto me entenderán: En cada buen cazador siempre existe una lucha antes de apretar el disparador. Uno quisiera eternizar el momento y la bestia; no matar, detener el tiempo y el instante, convertirse en la fiereza ancestral y correr rompiendo monte, tal como el mismo animal; jugar su vida a un cara o cruz en cada noche, rozar los límites del misterio... Y en el afán de apropiarse de ese cuadro, uno se sorprende a sí mismo disparando. La gimnasia funcional lo vence. Termina lo que empezó....

Así estaban las cosas. Mi precario equilibrio se veía amenazado por la siempre decreciente temperatura, que ya estaba cerca de lo insoportable, bajando cada vez más la sensación térmica por efecto de un viento suave pero constante.

Y así transcurrieron los minutos, que se transformaron en horas.

EL ENCUENTRO

Fue cuando ya estaba al límite. Sería, si mal no recuerdo, alrededor de la una de la mañana, cuando al levantar la vista pude observar, nítida y limpia, la destacada silueta de un jabalí al trote cruzando el salitral.

No sabía si ese era “mi” jabalí. Pero seguramente no tendría tiempo de preguntarle. Así es en la caza: O se aprovecha la escasa oportunidad que aparece de cuando en cuando, o uno debe resignarse a volver sin disparar un tiro las más de las veces.

Surgió desde mi derecha, adelante, a unos cien metros. Cruzaba al sesgo, e iba, en verdad, rápido. De un manotazo corrí los aumentos de la Weaver, y enfoqué la escena. Seguí a través del retículo el desplazamiento del animal, viéndolo con toda claridad. Con la mira podía apreciar en detalle como se destacaba su lomo, más plateado que el resto de la silueta. Por eso me sorprendí cuando, al pasar justo en mi dirección, se paró en seco. Su detención me dio la oportunidad favorable. Lo centré en el retículo y oprimí el disparador. Luego quedé sordo y ciego por una fracción de segundo. Cuando me recuperé, pude ver el galope desenfrenado del animal, que retrocedía hacia la seguridad del monte por donde había venido, hasta que desapareció.

"Citroneta" todo terreno oficiando de ambulancia veterinaria.

Emociones encontradas me sacudieron... ¿Qué había pasado? Por la forma en que corrió, tan limpia y segura, era una fija que había errado el tiro. Allí mismo, en un alarde de inconsciencia, me largué del árbol, cortando con mi viejo cuchillo el hilo con el cual estaba atado.

Tan contrariado salí, y tan seguro estaba de la corrida indemne del bicho, que ni la linterna llevé... Busqué y rebusqué las huellas y nada... Completamente desanimado volví a mi árbol y allí me quedé. Esta vez, rumiando un gusto a fracaso casi insoportable. Porque era la última noche, y debía pasar a buscar a Pepe, levantar el campamento y partir hacia Salto al amanecer. Y ese apostadero estaba como a 25 kilómetros de la carpa!!!

Alrededor de las tres de la mañana, no aguanté más. Ni el frío, ni la incertidumbre.

Ya más calmo, me bajé y ubicando puntos de referencia, me dirigí esta vez con la linterna, hasta el lugar prefijado de antemano. Y esta vez, sí. Allí estaban las huellas!!! Allí estaba bien marcada la parada, y el furioso arranque, claramente dibujado a la luz de la linterna. Y algo más había: Un inmenso lamparón de sangre. Subí la luz y ví, azorado, cómo el rastro de sangre se hacía nítido y abundante, y continuaba como un reguero interminable, hasta donde llegaba el alcance de la luz!

No esperé más. Corrí hacia la Furgoneta Citröen y volé por entre los intrincados senderos del monte hacia la carpa. Cuando llegué, serían cerca de las cuatro de la mañana. Literalmente, saqué de la cama a Pepe y entre borbotones, le conté lo sucedido. Encaramos entre los dos el regreso, más que ligero.

Mientras llegamos, corrió la noche. Pero aún así esperamos un rato más, y después, con toda la cautela de que éramos capaces, y munidos de sendas escopetas (una Bataan 12 con Brenneke y una Remington yuxtapuesta con postas), comenzamos a seguir el rastro concienzudamente. Que, por otra parte, resultaba demasiado fácil. La sangre parecía regada en el salitral y aún en el monte, porque en él se internaba.

No avanzamos mucho. Unos cuarenta metros monte adentro, yacía, ya sin chispa de vida, una chancha jabalí de buenas dimensiones, gorda y en la plenitud de su edad madura.

El tiro, un cartucho Fabricaciones Militares (Arg), original de punta blanda de 185 grains, había causado un destrozo notable: cuando la abrimos, presentaba un orificio de entrada a la altura del codillo izquierdo, un poco desviado hacia atrás, el proyectil había literalmente deshecho las dos aurículas del corazón y lesionado la base de los pulmones, labrando un orificio de salida –observarlo en la fotografía- del tamaño de un puño, por donde evidentemente la sangre fluyó a chorros.

DOS ASPECTOS NOTABLES

El animal, que venía cruzando el salitral al trote, se paró en seco ni bien cruzó la línea recta en el sentido del viento con respecto a mí, lo que quiere decir que supo detectar mi presencia sin titubeos (recuerden que les dije que la brisa me daba en la espalda y se dirigía hacia el salitral), cosa que la puso inmediatamente en guardia y alarmada. Supongo ahora que, la adrenalina que debe de haber segregado ese animal al darse cuenta del peligro que corría parado en medio de un salitral sin tan siquiera una brizna de pasto tras la cual escabullirse, fue la responsable por la resistencia al impacto presentada en su loca carrear. Si, fue una simple cuestión de adrenalina.

Desde mi árbol, al lugar donde estaba la primer sangre, caminé 75 pasos largos. Y desde allí, lugar donde recibió el impacto, hasta donde la encontramos ya muerta, fueron 135 pasos de Pepe, mucho más “largos” que los míos. Una equivalencia aproximada a 80 metros para la primer medida y unos 160 metros para la segunda.

Nótese el rastro de sangre que arranca del centro hacia la izquierda para luego cerrarse en círculo hacia la derecha en lugar de seguir una línea recta como haría un animal no herido. Los rastros erráticos son producto de la cada vez más escasa irrigación cerebral que impide una coordinación motora coherente.

El animal, con semejante herida, por la cual manaba sangre a chorros de una forma brutal, con su corazón hecho papilla y con alteración total de pulmones, recorrió una distancia excepcional. Si hubiera sido un padrillo, por ejemplo baleado en montería, aún con esa espantosa herida, hubiera tenido la energía suficiente como para partir en varias partes mi delicada anatomía.

Les pido disculpas por las fotografías. Tienen 30 años y pico. Y son reproducciones de diapositivas, ya descoloridas y manoseadas. Pero son. Allí están, y muestran, además de las dimensiones enormes del orificio de salida del proyectil, a Don Páramo, el viejito del bastón, dueño del campo donde fui, uno de los primeros colonos de la zona, y a un peón de la Estancia cuereando al animal. En la otra, con un poco de buena voluntad, puede advertirse claramente el reguero de sangre en el salitral. Y la tercera muestra a la chancha ya en la furgoneta Citroen.

Nuevamente pido disculpas. Son aventuras viejas, de mis tiempos jóvenes y felices. Pero son muy puntuales y demostrativas de los hitos que jalonaron mi vida de cazador, y digo hitos porque marcan algún suceso o acontecimiento especial, que por su singularidad merece la pena de ser contado. Para que sirva como ejemplo o como cosa especial a tener en cuenta.

Como en este caso, donde se ve a las claras la resistencia de los animales cuando están bajo el dominio de la furia o el miedo, y que liberan una carga de adrenalina que parece inmunizarlos ante heridas particularmente severas.

Por mi parte, esta es una experiencia que atesoro en mi memoria porque fue la primera de otras muchas excursiones que hicimos en ese campo, situado en Algarrobo (Juan Cousté), lejano pueblito del suroeste de nuestra Provincia de Buenos Aires, cerca del límite con La Pampa.

Cacho Cuchi.


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