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EMPLEO DE LOS CARTUCHOS CALIBRE .22 PARA CAZA MAYOR

Empleo de los cartuchos calibre .22 en la caza mayor.

Texto y fotografías por Daniel Stilmann.

Sí hay un tema que suscite discusiones airadas entre los cazadores, ese es el empleo de los cartuchos calibre .22 de alta potencia y fuego central para la caza mayor. Éste debate ha sido fogoneado por un lado con una larga historia de fracasos apabullantes, y de decesos fulminantes por el otro, que solo ha hecho más difícil la búsqueda de la verdad.

Los que se han opuesto a su empleo, y aún lo hacen, han basado sus argumentos en la escasa energía que en teoría estos cartuchos desarrollan. Para ellos, el aumento en la venta de armas recamaradas para éste calibre, particularmente el .223 Remington, .22-250, y .220 Swift, habla de una realidad muy distinta, basada en hechos contundentes.

Del total de las compras de estas armas de calibre .22 de fuego central, la mitad son adquiridas para emplearlas en uno de los deportes típicamente americano, como lo es el varmint; la otra mitad a la caza mayor. La única diferencia aparente en estas armas, y la misma es muy importante, radica en las puntas empleadas en la munición con la cual se las alimenta, ya que estos cartuchos fueron creados pensando en darles un uso dual, esto es para control de alimañas y en caza mayor.

Los argumentos en contra y a favor.

Hemos mencionado que el argumento principal en su contra radica en la creencia de que los .22 de fuego central son buenos tan solo para práctica formal de tiro al blanco, y eventualmente para el control de alimañas, siempre y cuando estas no superen el tamaño de un zorro. No se los consideraba lo suficientemente potentes como para generar una muerte rápida en presas mayores, y lo cierto es que quienes argumentaban esto basados en hechos concretos estaban en lo correcto.

Craso error. ¿Acaso los esquimales no liquidan regularmente grandes mamíferos con uno de estos “juguetes”, lo cual nos estaría mostrando otra cara de la verdad?

Pero no hace falta llegar a estos ejemplos extremos, como el de aniquilar a un oso blanco, lo cual es una estupidez temeraria. Debe de bastarnos con la enorme cantidad de ciervos cola blanca despachados año tras año como para tomar a estos cartuchos muy en serio.

Entonces, ¿Quién está en lo cierto? ¿Cómo es posible que en ocasiones funcionen a las mil maravillas, y en otras fallen miserablemente? ¿Dónde está el error?

Historia de los cartuchos calibre .22 de alto poder.

Veamos un poco la evolución de estos cartuchos. Desde aproximadamente 1913, año en Savage promocionó su .22 Hi-Power de fuego central como el primer .22 apto para la caza mayor, estos cartuchos han sido empleados con distintos grados de éxito en la cacería de ciervos y animales de características morfológicas similares (piel fina y de hasta doscientos kilogramos de peso)

Sí esto es correcto, o cae fuera de los parámetros éticos de la caza mayor, es algo sobre lo cual intentaremos dilucidar, aunque probablemente terminemos irritando a más de uno.

El problema es tan serio, y las opiniones tan encontradas, que en los Estados Unidos hay regiones en los cuales el empleo de estos cartuchos está terminantemente prohibido, mientras que en el Estado lindero la legislación resulta diametralmente opuesta.

Al mismo tiempo que esto ocurre, los fabricantes de munición sacan al mercado cada vez más puntas calibre .22 diseñadas pura y exclusivamente para la caza mayor, como es el caso de Barnes, Speer, Nosler, Hornady y Swift. Estas puntas son fabricadas replicando exactamente el diseño y el proceso aplicado en las de calibres mayores, y no son exactamente lo que se llama baratas.

Considerando que los fabricantes no son proclives a ofrecer un producto que no tiene demanda, y los cazadores a comprar algo que no sea les sea de utilidad, particularmente a un precio elevado, uno debe de replantearse seriamente algunas cosas, entre ellas el por que de la existencia de estas armas y la aparición de puntas del .22 especialmente diseñadas para caza mayor.

La forma de zanjar la cuestión es presentando los hechos tal cual son o en el orden en que acontecieron para que posteriormente que cada uno tome su propia decisión basado en lo expuesto y sus necesidades y situaciones particulares que debe de afrontar (tipo de presas, distancias de tiro, presencia vientos laterales, legislación vigente, etc)

También resultará conveniente rever los hechos que llevaron a ésta intensa controversia, comparando los diferentes cartuchos del .22 y su evolución tecnológica. Éste análisis ayudará a comprender mejor que hay de mito y que de realidad, y permitirnos de ésta manera la toma de una decisión inteligente.

Los primeros cartuchos.

Por comenzar recordemos que el calibre .22 aparece a mediados de 1800, como un cartucho (.22 Short Rifle y posteriormente el Long Rifle) apto para armas de salón, y que el mismo fue considerado como un mero pasatiempo palaciego. Impulsado por una carga mínima, el escaso poder de ambos hacía que fuese considerado como cualquier cosa menos peligroso. Menos aún como apto para la caza mayor.

Recuerde que en aquellos tiempos los calibres promedio empleados para éste deporte rondaban los 12 milímetros de diámetro (1/2 pulgada o .500), con un peso de aproximadamente 32 gramos (500 grains) La sola idea de que un proyectil con la mitad del diámetro (5,6 milímetros) y 2,6 gramos de peso pudiese ser empleado a tal efecto tiene que haber sonado como una broma de mal gusto, más aún a las miserables velocidades que alcanzaban con sus cargas de la pólvora negra.

Las nuevas pólvoras y puntas de caza##.

Pero las cosas cambian y el mundo evoluciona, y con el tiempo aparecieron la pólvora sin humo, lo cual permitió alcanzar nuevos límites de velocidades, a lo que se le sumó la tecnología que permitió la construcción de proyectiles capaces de sobrevivir a estas altas velocidades y a las fuerzas destructivas emergentes del impacto.

Hoy en día una punta de caza mayor calibre .22 de 3,9 gramos o más, es capaz de perforar de piel a piel a un ciervo colocado a 90 grados de la trayectoria del proyectil, siempre y cuando éste último mantenga una velocidad mayor a los 800 metros por segundo al momento de impacto. Bajo estas circunstancias el proyectil abrirá un túnel de herida similar al que deja un proyectil de 6 milímetros (.243), dejando un profuso rastro de sangre para seguir.

A partir de hechos como éste, lo que antes era un No-No rotundo pasó a ser un “talvez” De allí en más todo se convirtió en una zona gris dentro del libro de las reglas y usanzas de la caza mayor, y sí bien la confusión perdura hasta el momento, los aportes constantes de la tecnología van inclinado la balanza indefectiblemente hacia un mismo lado.

Las vainas empleadas.

Probablemente la sucesión de hechos que llevó al uso de estos cartuchos para abatir animales más grandes que un zorro fue muy simple. A alguien se le ocurrió agolletar un cartucho de alto poder (una de las primeras fue una vaina de 7 x 57 Máuser), y dotarla con una punta calibre .22. Posteriormente a ese “alguien” se le presentó la oportunidad, no solicitada, de disparar sobre un ciervo, y ante su incredulidad el animal se desplomó como sí hubiese sido alcanzado por un hato de rayos.

Por supuesto que el hecho debe de haber trascendido, y de hecho lo hizo. Sí a éste aparatoso desplome inicial se le agrega el escaso peso de un arma recamarada para el .22 central, el escaso retroceso de la misma, y la enorme precisión resultante de esto, resultará sencillo entrever cómo comenzó la discusión.

La idea de que el .22 es un cartucho no apto para la caza mayor parte de otra realidad, que no es más que aquella que presentaban los primeros cartuchos .22, probablemente el Long Rifle.

Comparando valores.

La misma consistía en una punta blanda de plomo, que escasamente puede resistir el impacto sin desintegrarse, con un peso de no más de 2,6 gramos, lanzada a 400 metros por segundo. Éste conjunto desarrollaba, en la boca del cañón, una energía igual a 210 Joules ó 155 libras.

A estos valores se le contraponen los de un moderno cartucho del .22, como lo es el .220 Swift, que dotado con una punta de caza de alta penetración y expansión controlada de 3,4 a 4,4 gramos es capaz de alcanzar de 1000 a 1140 metros por segundo generando una energía 12 veces mayor a la del .22 LR, que representa la friolera de 2515 Jolues o 1855 libras, dando los valores necesarios para emprender acciones reservadas a cartuchos más potentes.

Estas cifras adquieren relevancia sí mantenemos presente la vieja regla que dice que para animales de piel fina, amistosos, y del tamaño de los cérvidos más comunes, o sea hasta los 200 kilogramos, se precisan de 1000 libras de fuerza al momento del impacto, de tal manera de poder garantizar la penetración del proyectil hasta la profundidad en la que se alojan los órganos vitales de la presa, sin tener que preocuparnos demasiado por el ángulo de incidencia del proyectil o los obstáculos óseos que pudiese encontrar a su paso.

Ésta regla, que para animales de piel fina un poco más pesados cambia sus valores energéticos a 1500 libras, es de las sólidas, probada hasta el cansancio, y por lo tanto excluiría el uso de los cartuchos calibre veintidós en animales como el elk, alce y caribú, ya que los .22 centrales alcanzan esos valores de energía solamente alrededor de la boca del arma. Unos metros más allá de la misma ya no podrían ser considerados como aptos para lidiar con animales tan grandes.

Empleo y limitaciones.

Pero para aquellos más pequeños, como el corzo, el ciervo rojo ibérico, el dama-dama, el jabalí y los diferentes caprinos, estos cartuchos resultan aptos, particularmente sí se es cuidadoso con el ángulo de incidencia de los disparos y se mantienen las distancias hasta los 250 ó 300 metros.

Por ejemplo, una punta Barnes de 53 grains (3,4 gramos), puede ser lanzada por un .220 Swift a 1.197 m/s ó 3.928 p/s, con lo cual a los 300 metros aún conserva una energía de 950 libras. Sí a ésta distancia uno toma la precaución de disparar solamente a la parrilla costal cuando el animal está a un ángulo de 90 grados con respecto a la trayectoria del proyectil, o a distancias más cortas reserva los disparos a la cabeza o al cuello, ésta combinación resultará mortal, y de hecho lo es.

Esto nos deja en claro que los cartuchos del .22 de fuego central, por potentes que sean, no son aptos para ser empleados ante cualquier presentación del animal o a grandes distancias, como tampoco lo son para las monterías, dónde la posibilidad de acertar en el lugar incorrecto de la anatomía de un animal lleno de adrenalina son altas.

Resumiendo, el alcance máximo de estos cartuchos debe de considerarse como de 150 metros para el .223 Remington, y de hasta 300 para el .22-250 y el 220 Swift, siempre y cuando los vientos no sea intensos, ya que el escaso peso de estos proyectiles hace que fallar por exceso de deriva sea una posibilidad demasiado real para el buen gusto.

Incrementando la potencia.

Hay una técnica que se emplea como recurso para hacer a estos cartuchos absolutamente mortales, multiplicando su potencia. La misma consiste es disparar dos veces en rápida sucesión sobre los órganos vitales de la presa.

La sumatoria de los efectos hemodinámicos produce resultados espectaculares, rindiendo inútil al receptor en forma instantánea. Las estadísticas sobre éste efecto secundario provienen de Vietnam, producto del empleo de armas semiautomáticas recamaradas para el .223 capaces de disparar salvas de dos disparos (“double tap”)

Hemos visto como la teoría de que los .22 carecen de energía se desvanece a la luz de la nueva tecnología. Sin embargo actualmente aún se dan situaciones de animales que se dan a la fuga, aparentemente ilesos, a pesar de haber utilizando la munición correcta, y en disparos tomados a cortas distancias, donde errar es prácticamente imposible.

Estos casos han dado lugar a la creencia de que la falla se debía, en éste caso, a la escasa fuerza de cohesión del proyectil, que aparentemente estallaba en superficie sin hacer mayor daño, o produciendo una muerte tardía días después. Esto es incorrecto, ya que la falla se debe a otro motivo.

El paso de estría correcto.

Sí bien los .22 de alta potencia son cartuchos que con las puntas correctas pueden actuar como duales, las que no son duales son las armas que los disparan.

Para estabilizar una punta de varmint de 40 grains (liviana) se precisa de un paso de estría de 1 en 12 ó en 14 pulgadas. Para estabilizar una punta de más de 55 grains de peso (pesada) el “twist” del cañón debe ser de 1 en 8 pulgadas, y no más. La desviación sufrida por una punta pesada que es disparada desde un cañón de paso de estría lento (1 en 14) es tal, que en ocasiones resulta imposible acertar en un blanco de 1 metro cuadrado a 100metros.

En realidad el hecho de emplear munición de caza mayor (pesada) en cañones aptos para varmint (livianos) ha sido el verdadero responsable de esos fallos inexplicables, y no la falta de energía o de la mala calidad de la punta como se decía.

Conclusión.

De todo lo expuesto estamos ahora en una mejor posición para sacar conclusiones propias. La mía es que en aquellos lugares donde la ley lo permite, el empleo de cartuchos .22 de fuego central para la caza de rececho o a la espera, de animales de piel fina y de no más de 250 kilogramos, es factible, siempre y cuando uno se limite a disparos “seguros”, a las distancias mencionadas, tomados con munición de caza, y sí es posible colocando dos disparos en rápida sucesión cuando el blanco es la parilla costal. Esto último no es ni necesario ni factible cuando se impacta en el cráneo o el cuello, ya que el animal desaparece del campo visual en forma instantánea.

Por último, recuerde que emplear un arma de estas características presenta una serie de ventajas importantes para aquel que camina todo el día detrás de su presa, asegurándole una cacería más descansada, aunque sin olvidar las limitaciones que ello nos impone. La decisión es suya.

 

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