EL MORO

Texto y fotgrafías: Ricardo Saccone.

Relato

El Moro, de edad aproximada ocho años, tres de ellos persiguiéndolo, oportunidades para matarlo dos, y zafó en ambas, año de descubrimiento, borrego de tres años, allá por el 97, junto con otros ocho hermanos.....

Más o menos fue así como lo conocí. Estaba en mi auto, estacionado en la frontera del maizal con la picada, y no dando soga, manteniéndome oculto, para que no me vean y bajen.

Vi un pasadero que de grande parecía estar arado por un Zanello (tractor) de los grandes, pero más grande fue mi sorpresa al advertir el motivo para semejante revoltijo de tierra: nueve hermosos animales dispuesto a ingresar al maíz, previa ínter consulta llevada a cabo entre gruñidos y mordiscos.

Larga es la historia de esa noche, pero abrevio y concluyo: esa noche zafaron. Pero de allí en más esos nueve hermanos fueron cayendo de uno a uno, y en alguna oportunidad hasta con un doblete en noches consecutivas.

De todos ellos uno llegó a viejo, y lo bautizamos El Moro. Digo lo bautizamos por que este bicho merodeaba muy cerca de la casa del campo, y tanto el dueño del mismo como un puestero me decían siempre lo mismo: “El Moro ya pasó, no pasó u hoy no va a pasar. Ese animal ya lo tiene bichado a Ud. Don Ricardo”. Para mis adentro me decía, bueno, alguna vez te vas a equivocar, y te voy a estar esperando.

**Y fue en junio, muchísimo frío, casi 10 bajo cero. Veníamos haciendo sapo pues no aguantábamos el frío de la noche. Así llegamos al sábado, con pocas ganas de hacerle a la lucha. El lunes ese era 20, feriado por el día de la bandera, o sea lunes de quedarse, y ya estábamos casi arrepentidos, pues parecía que nos volvíamos con las manos vacías. **

Esa noche me quede haciendo fogón con el dueño del campo, apostando a levantarme temprano esa mañana y a esperar a los chanchos a la salida del sorgo cercano a la casa.

Mis amigos, cazadores duchos, tampoco aguantaron mucho esa noche, y pegaron la vuelta temprano. Nos comimos unos entrecotes, y entre bocado y bocado los tenté para que por la mañana le hiciéramos un cerco al rastrojo de sorgo, ya que algún jabalí podríamos cazar.

Aceptaron de poca gana, pues son de apostarse a mi manera, esto es de noche y solos, pero a las siete de la mañana estaban arriba como un solo hombre.

Cafeteamos con alguna medialuna, y salimos casi entre dos luces, a apostarnos. Marini quiso montar la espera en tierra, y lo dejé doscientos metros a mi derecha, bajo un techito de lona, con más ropa que otra cosa.

Arturo y Giro cerraron el cerco colocándose al otro lado del cuadro, que lindaba con otro monte. Yo me aposté más delante, a unos doscientos metros de dónde había quedado Marín, permaneciendo dentro del auto.

No habían pasado treinta minutos cuando algo se movió entre el sorgo, a unos trescientos metros, y enfiló justo en dirección a la ventanilla del auto. De haber mantenido ese rumbo se metía dentro del mismo.

Lentamente me acomodé esperando un segundo de inmovilidad. Con eso me bastaba. El sol ya asomaba y la visibilidad era perfecta. Sí se paraba en un claro, aún a esa distancia, no zafaba del .300 WM ni de casualidad.

Yo ya lo consideraba fusilado, peeeeero, en ésta vida siempre hay un pero. Evidentemente el que escribe los guiones de la misma tiene un raro sentido del humor.

El incidente lo protagonizó mi amigo Arturo, impaciente y hombre de poca fe, que pone en marcha la pick up con un resultado único. Él chancho sin detenerse, a unos 250 metros, y tal vez por curiosidad, gira a 90 grados buscando el origen del ruido.

Lo que sí es cierto que con su andar comienza a salirse del campo de tiro que me daba la ventanilla del vehículo, y no parecía que fuese a detenerse.

Pensé que Marini, ubicado a mi derecha y a unos trescientos metros del chancho, no lo había advertido. Sin pensarlo dos veces, y antes de que se me terminase el espacio para girar y que se perdiese de vista, desde una posición muy incómoda disparé justo por delante de él, en un intento por detener su carrera.

Para mi sorpresa no lo hizo, y apurando el paso volvió a girar otra vez en 100 grados, completando una U con respecto a su rumbo inicial, de manera que ahora apuntaba hacia el mismo lugar de dónde lo había visto por primera vez, pero marchaba en dirección contraria, alejándose. Corrió unos doscientos cincuenta metros en esa dirección y desde allí buscó el monte derecho, no sin antes pararse majestuosos sobre una loma, mirando hacia el auto.

Parecía decir, otra vez será. Pero (siempre hay un pero), en ese momento lo estaba observando por la Nickel 6 x 42, y la imagen era perfecta. Sí calculaba rápido la caída de la punta Sierra de 165 grains tendría una posibilidad.

Como con todos los amaneceres en viento era nulo, por lo que la deriva no me preocupaba. Me decidí por una cuarta arriba del lomo, a la altura de la vertical de la paleta. ¿Cuánto demoré en esto? ¿ Un segundo? No más, y gatillé, muy pero muy tranquilo, y firme.

De allí a que el bolsazo me confirmara el impacto, me pareció una eternidad.

**Incluso miré en dirección a la casa, para ver sí la dueña no estaba limpiando alguna alfombra, pues el ruido pareció más a un palazo que a otra cosa. **

Por primera vez la distancia me había permitido escuchar el impacto, ya que el eco del mismo estuvo lo suficientemente distanciado de la detonación como para que ésta no lo tapara. La fuerza del impacto me sorprendió, por la intensidad con que llegó a mis oídos.

Después de cinco segundos en la nebulosa tratando de digerir y ordenar lo ocurrido, me bajé del auto. Miré a mi derecha y vi a Marini que venía corriendo a felicitarme, mientras que Arturo llegaba simultáneamente con la pick up, la misma con la que se había iniciado la estampida.

Cuando nos juntamos los tres ocurrió algo muy curioso. Como mi vehículo estaba detrás del alambrado, le pedimos a Arturo que nos llevase a buscar al chancho, que aunque los dos sabíamos herido no podíamos asegurar que estuviese tieso.

Arturo, en parte por no haber escuchado el impacto, y en parte debido a la distancia que le indiqué para la búsqueda, optó olímpicamente por no creer en nuestra versión y nos dijo que se iba al molino del cargadero, que en una de esas veía algún chancho. Y se fue, dejándonos a los dos anonadados.

Como el sorgo estaba alto no me animaba a entrar con el auto, de modo que teníamos que quedarnos a esperar el regreso del dueño del campo para pedirle su pick up para traer al animal. Mientras tanto nos fuimos a otro cuadro a investigar rastros.

El hambre nos trajo de regreso a eso de las once de la mañana, y cuando entramos en la caza el dueño me extiende la mano y me dice, “Lo felicito Don Ricardo, al fin cayó El Moro” Me quedé mirándolo pues no sabía bien de que hablaba, o por que aseguraba que El Moro estaba muerto.

Sin estar muy seguro, le contesté, “Creo que le pegué bien, y si me presta la pick up lo voy a buscar”

Adónde va a ir, sí está colgado en el caldén de la entrada, me respondió. ¿No lo vio al pasar?

La verdad es que no lo había visto, de modo que salimos disparando para allá, para encontrarme con el hermoso padrillo, al cual le había acertado a 480 metros de distancia, o 520 según mi amigo Marín que midió la distancia con el odómetro de la pick up. En fin, uno de mis lances más recordados. ..

 

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