MI PRIMER REBECO.

MI PRIMER REBECO. Joan Catalá es un cazador español que reside en Madrid Si bien emplea, o ha empleado en el pasado, tanto arco como armas de fuego central, su pasión es el rececho con arco, algo que requiere de paciencia y perseverancia, y que no suele dar muchas satisfacciones Las pocas que da no son jamás a bajo costo por parte del cazador,que sufre los rigores del medio y de éste tipo de caza El artículo trata sobre su primer rebeco, con el cual logró completar uno de sus proyectos, la caza de todas las especies habilitadas en España.

MI PRIMER REBECO

Joan Catalá es un cazador español que reside en Madrid. Si bien emplea, o ha empleado en el pasado, tanto arco como armas de fuego central, su pasión es el rececho con arco, algo que requiere de paciencia y perseverancia, y que no suele dar muchas satisfacciones. Las pocas que da no son jamás a bajo costo por parte del cazador,que sufre los rigores del medio y de éste tipo de caza. El artículo trata sobre su primer rebeco, con el cual logró completar uno de sus proyectos, la caza de todas las especies habilitadas en España.

Primero fue cazar un jabalí con arco, luego viajar al continente africano y cazar ese kudu, también con arco, y ahora haber logrado cazar todas las especies de España con arco o rifle. Ésto ocurrió éste sábado 22 de Octubre de 2005, a las 9h 50min, cuando cacé mi primer rebeco macho, en el Parque de Redes (Asturias), a pie de la montaña llamada la Carrasca, en la zona del monte Tiatordos en Campo de Caso.

A mitades de Marzo de 2005 el Departamento de Medio Ambiente de Asturias me comunicó que me había tocado por sorteo cazar un ejemplar de una lista de 130 animales. En la mnisma había ciervos, corzos, jabalís y rebecos. Me correspondía elegir en 4rta posición de esa lista en la que figurabam 14 rebecos listados, por lo que sabía que seguro podría intentar realizar mi sueño. Así fue y elegí uno de ellos, un macho del monte Tiatordos en el Consejo de Caso, para intentarlo durante el 22 y 23 de Octubre de 2005.

Me encontré a las 7 de la mañana con Kike, mi guarda, en el Centro de Interpretación del Parque de Redes (Campo Caso) el mismo 22.

Kike tine mi edad, 35 años, aunque de complexión más delgada y fibrosa, lo cual denotaba que estaba muy entrenado dado su trabajo. Aunque voy regularmente al gimnasio y me había pasado un mes entrenándome con 15 minutos de jooging en días alternos, creo que mi preparación física dejaba mucho que desear para cazar rebecos.

A las siete y media empecé la ascensión con el guarda hacia La Carrasca, con mi rifle, la mochila con siete kilogramos y ligerito de ropa, aún a oscuras. Al cabo de dos minutos de andar ya estaba jadeando y al cuarto de hora me rodaban unas gotas enormes de sudor por la frente.

Si quieres vamos más lentos dijo Kike. No, le contesté, voy fatal, pero sigamos. Y seguimos por un caminito llenote barro, entre las matas verdes, que subía y subía sin parar, yo que sudaba y respiraba como podía.

Si vamos a pasar así todo el día mañana no me aguanto ni los pedos, pensé. Por suerte llegamos al collado al cabo de 20 minutos. Me recuperé rápido mientras se abría el día y las primeras luces me hicieron contemplar esa inmensidad de montaña. Bosques en la zona baja, con sus ocres de otoño, matojos a media altura y prado verde más arriba, para acabar con riscos escarpados de roca viva. Precioso, un gavilán real en los cielos, luego una cierva con su gaveta a escasos 20 metros, huyendo a trote. Que suerte estaba teniendo de buena mañana. Un caballo negro en la loma y vacas libres se paseaban por los prados de los alrededores.

Oteamos con los prismáticos los alrededores y tras mucho mirar vimos a lo lejos, en las rocas altas, la silueta del primer rebeco. Estaba lejísimos, imposible de entrarle. Luego al cambiar de posición vimos dos hembras de rebeco con sus crías en los prados altos de la Carrasca.

El guarda me contó que hacía unos años había un rebaño de trescientos rebecos donde estábamos, pero la sarna había matado a casi toda la población. Ahora el grupo era de treinta, y si bien habíamos visto hasta ahora solo cuatro, sabíamos que el resto estaría del otro lado de la montaña. Debíamos bajar, rodearla por el valle para ascender por el otro lado y buscar a dos machos curiosos de ese rebaño. También me dijo que debido a esa sarna ahora los machos solo tenían cerca de 6 años y que este era el primer año que se permitía su caza.

Empezamos a descender cuando de pronto ví en la loma de la otra montaña, en la lejanía y bien alto un rebeco ¡Era macho y adulto! Aunque la cuerna no era de gran tamaño, le reiteré al guarda lo que ya le había comentado antes. Cualquier rebeco me parecerá el mejor rebeco del mundo. Iba avanzando hasta llegar a la cresta. Se paró mientras ibamos acercandonos para luego proseguir la marcha a los pocos minutos.

Lo entramos por debajo y el lado izquierdo de la montaña. Era un gran anfiteatro, con prados verdes por la zona izquierda y escarpadas laderas por la derecha, por donde avanzaba el animal. En el centro una enorme pedriza de roca desecha. Se paró en el centro, a pie del prado, mientras avanzábamos sigilosamente para más tarde tumbarse. ¡Dios, estaba tranquilo, se había tumbado!

Fuimos ascendiendo por el lado izquierdo, protejidos por el monte, hasta llegar a su misma altura. Asomamos tumbados y lo vimos donde la última vez de había acostado. El telémetro me marcaba 208metros. Lo encaré con el visor y esperé a que se levantase.

Dos minutos después se levantó de golpe desapareciendo detrás del prado, sin darme ninguna oportunidad. Tres minutos de espera y al ver que no aparecía volvimos a ascender aun más arriba, tapados por la curvatura del monte de nuevo. Sesenta metros más arriba llegamos al collado. ¡Al asomarse el guarda me dijo que nos estaba mirando desde unos 100 metros!

Tiré la mochila al suelo y me tumbé de golpe, ya que el guarda me susurraba que el rebeco había empezado a correr hacia la otra cresta, por donde lo habíamos visto la primera vez. Sabía que se pararía lejos, para observarnos durante unos segundos, por lo que el tiro sería largo y necesitaría punto de apoyo. También sabía que en movimiento no le debía tirar.

Por más que lo buscaba en elo visor no lograba verlo, aunque el guarda me iba indicando por donde corría. Al fin lo ví, justo cuando se paró en el otro lado. Era precioso, majestuoso, y su silueta resaltaba enormemente con el cielo. ¿Puedo tirar? pregunté. Está lejísimo, pero si lo quieres intentar.....dijo Kike.

No tenía tiempo de mirar con el telémetro así que calculé a ojo de buen cubero la distancia en cuatrocientos metros. Puse la cruz del visor casi un palmo por encima de su lomo, ya que tenía el arma calibrada a 200 metros.

Disparé y el proyectil del 7 x 64 desapareció en el cielo, ya que no impactó ni en le rebeco ni en las rocas de sus pies. El animal se petrificó, buscando de donde podía haber partido ese estruendo, quizás extrañado por el silbido de la bala que había pasado cerca de él.

Monté de nuevo y volví a preguntar sí podía disparar. Adelante, constestó Kike. Esta vez puse la cruz justo sobre la raya del lomo y disparé. Cayó desplomado allí mismo, ante la mirada atónita de mi compañero. ¡Dios, que tiro y a que distancia! me dijo. Luego miramos con el telémetro para contrastar, y comprobamos que solo había docientos ochenta metros. Digo solo, porque entre el rebeco, que es animal pequeño, y la inmensidad de la montaña, la distancia nos había parecido a los dos mucho más larga.

Recogimos todo y recorrimos el anfiteatro de rocas y prados hasta llegar a la otra cresta. Con cuidado de no resbalar al ver esos acantilados recubiertos de hierba recorrimos por encima la cresta hasta llegar a donde lo habíamos visto desplomarse. ¡Estaba allí y se aguantaba de milagro de no despeñarse ladera abajo al habérsele clavado los cuernos ganchudos a la hierba al desplomarse! ¡Era precioso!

Parecía estar muy sano ese machete de sies años, de cuernas enteras y simétricas...aunque tenía la oreja izquierda partida en dos. La historia de cómo se hizo esa herida, cicatrizada ya, nunca la sabremos, Quizás un lobo, o un águila, vaya uno a saber.

El disparo había incidido justo en la columna vertebral, en la región del cuello. La bala alcanzó al animal a la altura donde apunté, la línea del lomo, aunque se había desviado unos tres dedos a la derecha. Mejor tiro, por suerte, imposible.

Hicimos las fotos de rigor, lo despellejé para conservar y curtir su piel, corté los lomos, los cuartos traseros, yla cabeza, y con una mochila ya mucho más pesada que por la mañana, emprendimos el descenso.

Desde el prado del collado vimos como llegaban los buitres y se pegaban un festín con los restos que habíamos dejado. Los buitres iban bajando la ladera, volando, saltando, a medida que el cuerpo resbalaba cuesta abajo por los picotazos. Después del espectáculo proseguimos el descenso.

Ahora, sentado mientras escribo estas líneas me doy cuenta de lo poco preparado que estoy para esa caza. No me lo pensé ni un segundo y aproveché la primera ocasión que se me presentó. No se ha de dar la espalda a la suerte jamás, y menos en la caza. Muchos cazadores vuelven de vacío por esperar trofeos más grandes, fallar los tiros o por simplemente no ver ningún rebeco o éstos estar demasiado lejos.

La caza es según el reto que se marque cada uno. Lo que si sé es que, ahora, tras haberlo cazado todo (de España), el animal que más me ha hecho disfrutar en su caza y a la vez sufrir es el rebeco. Mi siguiente sueño es cazar todas las especies de España de mayor con arco. Para ello todavía me falta el corzo, la cabra montes y el rebeco. Sé perfectamente que para cazar éste último con arco deberé entrenar mucho, muchísimo o no lo lograré.

En mis piernas sentí la dureza de la alta montaña, a la vez que recordaba los relatos de mi amigo Ricard, de sus cacerías de rebecos, donde durante cinco días, desde el amanecer hasta el alba se los pasaba con el arco en la mano, de roca en roca, buscándolos. Hasta que uno no los sufre en sus propias carnes no sabe lo duro que es esta caza. Con rifle durísima, con arco ¡una quimera!


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