LA RONDA

La ronda, o salir de ronda, no es nada más que el rececho nocturno del jabalí, una práctica casi desconocida ya que fue abandonada por los españoles al menos un siglo atrás.

LA RONDA

Texto y fotografías por Daniel Stilmann.

La ronda, o caza nocturna (del jabalí) al rececho, con o sin la ayuda de perros y caballos, es en América una clara herencia hispánica. Baste recordar que tanto el caballo como el jabalí fueron introducidos en éste continente por los conquistadores desde la Península Ibérica, el primero hacia fines del siglo XV, y el segundo a comienzos del XX.

En un país como Argentina, donde al jabalí se lo considera plaga al punto que en ciertas regiones su cacería abarca los 365 días del año y sin límites de piezas abatidas, lo cual habla de su abundancia, la ronda no tiene sentido práctico. Mucho más sencillo es montar un apostadero y esperar a los guarros bajo la luz de la luna, o simplemente salir a caminar al final del día por los bordes de los maizales o cualquier otro cultivo.

Pero la ronda tiene algo que el rececho diurno carece, y que la espera nocturna presenta, pero en mucho menor cuantía; es esa sensación que nos otorga el estar envueltos en un juego de escondidas bordeando con lo ilegal, casi con el furtivismo (aunque claramente no lo sea), acompañados solamente por los misteriosos ruidos de la noche, amplificados en nuestra imaginación hasta generar esos escalofríos que recorren el espinazo, o por esos ominosos silencios, tan sugestivos y cargados de tensión como los mismos sonidos, donde las sombras nos juegan mil pasadas, y cada mata puede ser una presa lista para desaparecer en veloz carrera. Ningún otro tipo de cacería, salvo la de los cinco grandes cara a cara, es capaz de brindarnos tamaña cantidad de emociones.

La ronda, al menos en la región donde vivo, se hace solo, o a lo sumo de a dos, bajo la luz de la luna, en los meses más fríos del año, cuando los animales dejan las cumbres para guarecerse en los valles. Uno sale a caminar esos majestuosos montes que tapizan los valles, en jornadas duras, agotadoras, pero que con más emociones nos recompensan.

La ronda del jabalí bajo estas condiciones es tan solo igualada por el mismo tipo de cacería practicado con el ciervo colorado en tiempo de brama en estas tierras. Cada duelo de berridos lanzado en medio de la noche es como un desafío, una promesa, que nos lleva a caminar un poco más, cargados de ansiedad, con la esperanza de finalmente poder ver a nuestro misterioso adversario.

Lo necesario.

¿Qué hace falta para salir de ronda con expectativas reales? Primero es necesario conocer muy bien el lugar, o de lo contrario poseer una idea amplia del área a cazar, particularmente de sus accidentes, accesos y egresos. No hace falta entrar en detalles de lo embarazoso que puede llegar a resultar tener que ser rescatados por terceros ante la imposibilidad de hallar el camino de regreso a casa. Particularmente en un pueblo chico, donde la diversión más frecuente es salir de cacería, y donde todos se conocen, puede resultar algo así como la muerte social de un cazador.

Las mejores noches.

Por ello las salidas se escogen con cuidado. La luna es fundamental, ya que de ella depende nuestro principal órgano de los sentidos empleados para la búsqueda, la visión, aunque uno no debe de desdeñar lo que podemos llegar a hacer con el par de orejas que nos dieron.

Como las rondas en mi territorio se practican principalmente en invierno, uno debe de asegurarse de que no vayan a caer heladas la noche en cuestión, ya que caminar sobre una delgada capa de hielo es sinónimo de fracaso, por el ruido que se hace. Sí bien las heladas son un problema, la lluvia y la nieve no, ya que amortiguan los ruidos, y en el hipotético caso de tener que rastrear una pieza herida, la nieve resulta de gran ayuda.

Sin embargo esos dos elementos pueden mantener a los animales restringidos a sus refugios, de modo que la línea entre el éxito y el fracaso en presencia de estos elementos es algo difusa. Lo ideal es que la temperatura esté por encima de los dos grados sobre cero, y que llueva tenuemente, lo suficiente como para amortiguar los ruidos de las ramas que se rompen al andar.

El día previo a la entrada de un frente de tormenta la presión barométrica se modifica. Este parámetro es el que emplean los animales para saber que en las próximas veinticuatro horas alas condiciones empeorarán, de modo que por precaución comen extra, lo cual los lleva a mantenerse por más tiempo en los espacios abiertos.

De allí que el conocimiento de la ubicación de dichos praderas sea de importancia capital para nuestros planes. Entre eso, y la información recogida del Servicio Meteorológico, que suele dar pronósticos acertados con anticipación, uno puede incrementar grandemente las oportunidades de salir bendecido con un guarro.

La técnica.

Con ésta información lo ideal es partir ya bien comido dos horas antes de la puesta del sol, que es cuando los animales comienzan a dirigirse desde sus refugios diurnos hacia las zonas de alimentación. Ese lapso de tiempo que emplean para trasladarse de un lugar a otro es bueno para cazar, ya que un animal en movimiento genera ruidos, poniéndose en paridad de condiciones con el cazador. Por eso mencionaba antes de la importancia que en éste tipo de cacería presta nuestra audición. Y la nuestra es buena. Solamente hay que aprender a prestar atención a la misma.

Los equipos.

¿Cuáles son los equipos para la ronda? Un fusil y mira telescópica de bajo peso, ya que hay que caminar mucho, un cartucho adecuado para el tipo de presa y distancia de cacería, que no supera los cien metros, por lo que con cualquier cartucho no magnum entre el .243 Winchester y el .30-06 Springfield uno está más que servido, ropa de abrigo en capas, para poder ir quitándonos a medida que entramos en calor, una mochila pequeña con un termo con algo caliente, una buena linterna para ayudarnos en las tareas de eviscerado, cuchillo de trabajo, una piedra de afilar pequeña (no hay nada que haga perder más rápido un buen filo que tener que cortar crines), un yesquero de supervivencia (ya veremos para que), un compás (que no le será de utilidad a menos que tenga una idea previa del lugar), un poco de alambre para colgar la presa y dos cartuchos de reserva.

Hay que prestar atención a las miras.

Una palabra con respecto a las miras ópticas. La tendencia de todo aquel que sale de ronda por primera vez es comprar uno de esos armatostes de mil aumentos (más de 9 aumentos) y con una entrada de luz monstruosa (superior a 45 milímetros) con una transferencia de luz del 98% (esto último es el argumento de venta preferido de los vendedores)

Bien, estas miras sirven para lo siguiente; 1) cargar peso innecesario, 2) derruir sin misericordia su ya magro presupuesto anual para armamentos y 3), y por extraño que le parezca, impedirle apuntar correctamente. El punto es tan importante que me explayaré al respecto.

Primero, casi todas las miras del mundo de más de 200 euros presentan entre un 90 y 95% de transmisión de luz, porcentajes entre los que alguien no entrenado en ello difícilmente pueda notar diferencia alguna. De modo que al momento de comprar no se deje convencer por ese detalle.

Segundo, por encima de ocho aumentos es muy difícil mantener la mira quieta y sin que nuestro pulso arterial no sacuda a la cruz del retículo de un lado para el otro. Recuerde que lo más probable es que tenga que disparar a mano alzada, de manera que todo aumento por encima de 9 X es un aumento innecesario, que suma peso y costo, y que no brinda ventaja alguna.

Lo que sí ayuda, y mucho, es el empleo de un retículo iluminado. Esto es por el contraste que genera entre el mismo y la presa, lo que nos permite seleccionar el punto de impacto casi a gusto, todo un lujo bajo estas condiciones. Lujo que apreciará cuando deje de tener que andar rastreando presas mal heridas en medio de la madrugada. Dinero invertido en ese “gadget” puede considerarse como bien invertido.

En cuanto a la técnica de caza, la misma consiste en planear primero el recorrido a efectuar sobre un plano o un croquis, tomando para ello en consideración los obstáculos en el terreno, la dirección del viento reinante y la distribución de los lugares de interés. Una vez en marcha se debe de caminar despacio, prestando atención a los sonidos de la noche, evitando hacer ruido y contra viento, en lo posible por los alrededores de los lugares donde los animales van a comer, prestando mucha atención a la zona de penumbra que se forma en los puntos de unión entre praderas y montes, que es donde gustan de mantenerse por las cercanías al manto protector de las sombras. Algo más; trate de realizar su ronda aprovechando la protección de los bosques al igual que lo hacen los animales para desplazarse.

En ésta modalidad de caza, es conveniente emplear algún calzado que amortigüe los ruidos que hacen las de ramas secas al partirse o el crujido del hielo al caminare sobre el. Lo más práctico es fabricarse unos “pata de lana” (calzado típico del furtivo), lo cual consiste en hacer coser un pedazo de piel de oveja o de fieltro industrial a la suela de un par de botines adecuados para la tarea.

La otra pieza fundamental del equipo es el yesquero, el cual emplearemos de tanto en tanto para constatar la dirección del viento reinante. Acostúmbrese a ello, ya que los vientos de superficie son muy cambiantes, y siempre pueden traicionarnos, por escasos que sean.

Recuerde algo. Sí UD sale a cazar con el temor de poder extraviarse, no salga. Es muy probable que se extravíe, y aún sí no lo hace estará tan ocupado tratando de no perder el rumbo que no verá ni una vaca dentro de un baño. Por eso mencioné lo del croquis al comienzo. Preste atención a ese detalle y el resto vendrá solo.

PD.

Baje de la barra de comandos de Google el programa Google Earth y aprenda a emplearlo. Además de ser gratuito le brindará tanta información topográfica del lugar que escoja, por apartado que sea, que le permitirá planear su cacería de antemano, y antes de entrar al mismo lo hará sentir como que lo conoce de memoria.


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